Justicia en el espejo: la captura de Nicolas Maduro y los límites de lo justo

Ayer, 3 de enero de 2026, el mundo amaneció con una noticia que parece sacada de una novela de espionaje: Estados Unidos capturó a Nicolas Maduro, que ejercía las funciones de Presidente de Venezuela, y a su mujer, en una operación militar que incluyó bombardeos aéreos a objetivos militares y una extracción rápida de Caracas.

Según las noticias, como la CNN y CBS, Nicolas Maduro y su mujer, fueron trasladados a un centro de detención en Brooklyn, Nueva York, donde enfrentará cargos por narcotráfico, corrupción y violaciones a los derechos humanos.

Para algunos, esto es un triunfo de la justicia internacional; para otros, un acto de imperialismo descarado. Esta dicotomía me lleva a reflexionar: ¿es la justicia un faro objetivo, o un prisma subjetivo que cambia según el ángulo desde el que se mire?

En este artículo para un domingo reflexivo, abordaré cómo la justicia depende de perspectivas individuales, y hasta dónde puede llegar un Estado en nombre del «bien» sin cruzar líneas éticas irreparables.

La Subjetividad de la Justicia: Todo Depende de los Ojos que Miran

Imaginemos dos escenarios opuestos frente a la misma noticia. Para un activista de derechos humanos en Miami, la captura de Maduro es un acto de reivindicación: el fin de un régimen acusado de represión, hambre y exilio masivo. Es justicia poética, un cierre para las víctimas de las protestas de 2019 o las detenciones arbitrarias.

Pero cambiemos de lente: para un simpatizante chavista en Caracas, esto no es justicia, sino una violación flagrante de la soberanía venezolana. ¿Por qué Estados Unidos, con su historial de intervenciones en otros países (recordemos en Panamá con Noriega en 1989 o Irak en 2003), se arroga el derecho de juez y verdugo?

Aquí radica el núcleo: la justicia no es un absoluto matemático, sino un constructo humano teñido de emociones, culturas y experiencias personales.

Filósofos como Friedrich Nietzsche lo expresaron con crudeza: la justicia es una ilusión creada por los débiles para limitar a los fuertes, o viceversa. En su obra Genealogía de la moral, Nietzsche argumenta que lo «justo» varía según el poder en juego. En el caso de Maduro, ¿es justo porque el Departamento de Justicia de EE.UU. lo acusa con evidencias de narcoterrorismo (como los vínculos con el Cartel de los Soles)? O ¿es injusto porque ignora el contexto geopolítico, como las sanciones económicas que han exacerbado la crisis venezolana? Esta subjetividad explica por qué conflictos como este dividen al mundo: lo que para unos es heroísmo, para otros es agresión.

La Justicia Ciega: Por Qué la Justicia Debe Ignorar la Empatía

Para contrarrestar esta subjetividad inherente, las sociedades han idealizado a la justicia como una diosa ciega. Temis, o Iustitia, lleva una venda en los ojos no por ceguera literal, sino para evitar sesgos emocionales.

Si viera el rostro del acusado –un padre de familia, un líder carismático, o incluso un tirano con seguidores devotos–, la empatía podría nublar su juicio. La balanza en una mano representa el equilibrio racional; la espada en la otra, la ejecución imparcial. Pero en la práctica, ¿funciona?

En el mundo real, la empatía a menudo se filtra. Jueces, jurados y líderes políticos son humanos: un Maduro capturado podría evocar simpatía en Latinoamérica por el antiimperialismo, o repulsión en Occidente por sus alianzas con Rusia e Irán. La Corte Penal Internacional (CPI) intenta ser esa diosa ciega, investigando crímenes independientemente de fronteras, pero incluso ella enfrenta acusaciones de sesgo (¿por qué más casos africanos que europeos?).

La captura de Maduro plantea: si la justicia debe ser ciega, ¿por qué EE.UU. actúa unilateralmente, sin un mandato internacional pleno? Aquí entra la necesidad de acciones «reivindicatorias» –esas intervenciones que, aunque controvertidas, buscan un bien mayor.

Los Límites de la Acción Reivindicatoria: ¿Cuándo el Fin Justifica los Medios?

Admito: a veces, la pasividad ante el mal es cómplice. La historia nos da ejemplos donde intervenciones extralegales lograron «bien». La captura de Adolf Eichmann por Israel en Argentina (1960) violó soberanía, pero permitió juzgar a un arquitecto del Holocausto. O la Operación Jaque en Colombia (2008), donde el ejército rescató rehenes de las FARC disfrazados de humanitarios –una mentira para un fin noble. En el caso de Maduro, EE.UU. argumenta que su régimen amenaza la seguridad regional con narcotráfico y migración masiva. ¿Es esto suficiente para justificar cruzar fronteras?

Pero ¿dónde trazamos la línea? El principio de soberanía, consagrado en la Carta de la ONU (Artículo 2.4), prohíbe el uso de fuerza contra la integridad territorial de otro Estado. Sobrepasar fronteras para «ejercer soberanía propia» –como EE.UU. alega defenderse de drogas y terrorismo– huele a doctrina del destino manifiesto, un eufemismo para expansionismo.

Si permitimos esto, ¿qué impide a China invadir Taiwán por «seguridad nacional», o a Rusia anexar Ucrania (como ya intentó)? Los límites deben anclarse en el derecho internacional: intervenciones solo con aprobación multilateral (ONU, OEA) o en casos de genocidio inminente (doctrina de Responsabilidad de Proteger, R2P).

Sin embargo, la realidad es gris. Maduro ha sido acusado por la DEA desde 2020, con una recompensa de 15 millones de dólares. Su captura podría desestabilizar Venezuela, pero también abrir puertas a elecciones libres. La pregunta ética: ¿vale la pena ultrajar soberanía ajena si salva vidas? Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, hablaba de la virtud como un medio entre extremos –ni exceso ni defecto. Aplicado aquí: la acción reivindicatoria es válida si es proporcional.

Conclusión: Hacia una Justicia Más Universal, Menos Personal

La captura de Maduro no es solo un evento geopolítico; es un espejo que refleja nuestras concepciones de justicia. Subjetiva por naturaleza, depende de perspectivas que van desde el victimismo hasta el triunfalismo. La justicia nos recuerda la necesidad de imparcialidad, pero en un mundo interconectado, las acciones reivindicatorias son inevitables. El límite debe de ser clave: no actuar en solitario. Los Estados deben someterse a foros internacionales para evitar que «el bien» se convierta en pretexto para dominación y estoy seguro que EEUU tendrá coste que deberá pagar.

En última instancia, la justicia verdadera surge del diálogo, no de la fuerza unilateral. Mientras Maduro enfrenta su juicio en Nueva York, invito a reflexionar: ¿qué lentes usas tú para ver este evento? ¿Y cómo podemos, como sociedad global, quitarle la venda a la justicia solo lo suficiente para que vea el bien común, sin caer en empatías sesgadas? Comparte tus pensamientos en los comentarios –¡un domingo perfecto para debatir!

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Soy Xavi

Padre de Familia, Abogado, Mediador. En ocasiones, escribo, doy charlas, hago fotos y viajo. Este es mi blog completamente personal, con comentarios personales.