La vuelta de Septiembre no empieza el día que suena el despertador.
Empieza un poco antes, cuando el cuerpo ya intuye que el verano se está acabando aunque el calendario aún finja que no. En mi caso, los últimos días de verano, ya empezaba a sentir y a tener esas ganas de vuelta a la normalidad.
De hecho, hay un momento —en el supermercado, en la calle, al ver una mochila nueva en un escaparate, al ver anuncios de la vuelta al cole— en que el ritmo empieza a cambiar de sitio, ya que empezamos a desear la rutina.
El tiempo deja de ser ancho y vuelve a tener forma: los días de la semana, la revisión del calendario, empiezas a mirar las horas -hora de salida, hora de cenar, hora de ir a dormir, hora de ir al gimnasio-.
Ese choque no es solo organizativo. Es emocional.
Lo que llamamos “pereza de volver” suele ser, en realidad, el duelo pequeño de una versión de nosotros que durante unas semanas no tenía que rendir cuentas.
Y lo que llamamos “ganas de volver” a veces es el alivio de que la vida vuelva a tener una pequeña organización, una serie de compromisos. Las dos cosas pueden estar juntas. De hecho, casi siempre lo están, solo que casi nunca nos paramos a observarlas.
Después están los que dicen que “necesitan vacaciones de las vacaciones”, lo que no es más que el jet lag que te provoca el inpass entre la pereza y las ganas de volver.
Cuando tienes niños en edad escolar, la vuelta a casa se convierte en un ensayo, en una prueba, en un campo de entrenamiento. Porque, lo fundamental, es empezar a adelantar las cenas e intentar volver a los horarios que habían quedado en el olvido.
Empezamos a preparar nuestra mente para ese calendario completamente invisible: compras, reuniones, desayunos, recetas, comidas, cenas, meriendas, los deberes, el miedo a no llegar y, en especial, mantienes esa esperanza de que durante este año la mañana sea todo menos una carrera.
Llamamos la vuelta al cole, pero entendemos esa vuelta no como un simple acontecimiento infantil, sino que supone un reajuste familiar disfrazado de una mochila. Yo aun recuerdo algunas vueltas al cole del mes de septiembre y, algunas otras, estaban enmascaradas cuando hacía futbol de competición, en las que preparábamos la pretemporada corriendo muchos días por la playa.
Vuelta a la rutina. Por eso muchas veces, el mes de septiembre funciona como un año nuevo más honesto que el mes de enero, sobretodo por suponer el inicio del curso escolar o el curso judicial, como sería mi caso.
En enero llega con una serie de propósitos hinchados por la abundancia de las copiosas comidas navideñas. Veo la vuelta de septiembre como la llegada con la vida concreta y con pies y cabeza: un horario, un aula, un trayecto, una persona que no se veía desde el mes de junio.
No pedimos o nos exigimos una reinvención. Se suele pedir una reentrada. Aunque a veces sí que hay reinvención: una nueva web, un nuevo logo, un nuevo puesto de trabajo, por ejemplo.
Ahí es donde tenemos un pequeño gesto: empezar a dormir unos minutos antes, guardar alguna costumbre de agosto, algún beneficio que has adquirido con una pequeña rutina que el día a día no te impedía empezar a disfrutar.
Pienso que el verano no se va del todo si uno decide qué se lleva de él. A veces puede ser una calma, una meditación. Otras veces, una conversación que provocó algunos cambios en tu vida. A veces, la sensación de que se puede vivir un poco más despacio sin que el mundo se derrumbe.
Quizá eso no quepa en el calendario, en la agenda, pero sí que puede colarse en la forma en cómo asumimos la semana.
Hoy, me pregunto, “¿realmente estás listo?”
Casi nadie lo está del todo, de hecho, nadie lo está.
Por eso la pregunta que me parece mucho más útil sería
cuando la rutina vuelva a ocupar tu vida, ¿qué parte de agosto quieres que siga teniendo silla en la mesa de tu vida?
Si quieres, el siguiente paso puede ser bajar esto a lo concreto: tu casa, tu trabajo, tus mañanas, o lo que sientes al imaginar el próximo lunes.
No hace falta responderla o hacerlo todo de memoria. Se puede escribir. Al final de este texto hay una hoja para descargar e imprimir: La silla de agosto.
