El verano, y en especial el mes de agosto, es una paradoja.
Y esa paradoja la sentimos en el cuerpo.
Por un lado, el calendario nos invita a descansar y desconectar.
Agosto suele llegar con una promesa de pausa: menos correos electrónicos, menos citas, menos ruido.
La administración también se ralentiza.
Quieres resolver algo urgente y te encuentras con el silencio de las oficinas a media máquina, o directamente vacías.
El tiempo se dilata y, en teoría, debería permitirnos respirar sin vivir tan agobiados.
Por otro lado, el mismo verano nos empuja hacia el extremo contrario.
Estos días hemos conocido una sentencia del Tribunal Supremo del 29 de junio de 2026 (ES:TS:2026:2965).
En ella se interpreta que el rechazo en frontera —lo que comúnmente se conoce como devolución en caliente— no es aplicable a las personas interceptadas en alta mar cuando intentan cruzar a nado hacia Ceuta o Melilla.
Desde que esa sentencia se publicó, de forma llamativa, Ceuta registró una llegada masiva de personas que cruzaban por la zona marítima.
Es decir, por el propio mar.
Entrar en Ceuta significaba entrar en España, en Europa y en el espacio Schengen.
Se ha hablado y escrito mucho sobre las causas de esa llegada.
Algunos han apuntado a posibles motivaciones políticas.
No es objeto de este espacio discutir ni poner en duda esas afirmaciones.
Lo que sí me llama la atención es cómo una resolución de nuestro más alto tribunal puede traspasar fronteras y provocar, en otro continente, un movimiento tan intenso de personas.
La sentencia no decía que se permitiera una entrada masiva en un país con un grave problema de vivienda, ni que se obligara a determinadas comunidades a acoger a esas personas.
Eso, sin duda, genera rechazo en una parte de la población.
Pero ese debate lo dejo para otro momento.
El problema de fondo no está tanto en la decisión del Tribunal Supremo como en la falta de previsión del legislador.
La Disposición Adicional 10ª de la Ley Orgánica 4/2000 habilita el rechazo en frontera para quienes son interceptados superando elementos de contención fronterizos.
La Sala Tercera ha interpretado que esa disposición se refiere a obstáculos físicos artificiales, no a la línea marítima, que no contaba (o no contaba aún) con ese tipo de elemento.
Esto no significa que quienes cruzaron a nado tengan garantía de quedarse.
Significa que su retorno debe tramitarse mediante el procedimiento ordinario de devolución, con todas las garantías: identificación, audiencia, posibilidad de recurso y asistencia jurídica.
¿Qué se pretendía o qué puede significar esa llegada masiva?
La respuesta la dejo abierta al lector.
En mi opinión, trasciende una mera decisión política o la acción de redes de tráfico de personas.
Desde el punto de vista de quienes se lanzaron al agua, probablemente desconocían el procedimiento completo que les espera.
Sabían, sin embargo, que mientras ese retorno no se produzca, existe un margen de esperanza.
Una esperanza iniciada con un acto tan desesperado como cruzar a nado una frontera que, en el mar, resulta casi imaginaria.
Y mientras tanto, en la península, el fuego sigue avanzando, como cada año.
Hectáreas que arden.
Poblaciones evacuadas.
Personas que pierden lo que tienen o lo que han construido con esfuerzo durante años.
Lo más indignante es que muchas de ellas se han sentido completamente abandonadas.
Cuando un sistema está colapsado, esa sensación no es inocua.
Si hubiera una verdadera previsión, quizá se podrían aliviar —que no eliminar— situaciones tan gravosas para la ciudadanía.
Ahí veo la paradoja con más claridad:
en el mes que debería caracterizarse por la desconexión oficial, se producen también las urgencias más crudas.
El tiempo de “no hay nadie” coincide precisamente con el tiempo en que más se necesita que alguien esté.
En estos días de calor extremo, con una nueva oleada migratoria y un nuevo episodio de sequía, intentar desconectar tiene un impacto psicológico real.
Mientras el cuerpo intenta descansar, la mente sigue procesando.
Aparece entonces una forma sutil de culpa: “¿cómo puedo estar tranquilo mientras…?”.
Y, al mismo tiempo, una irritabilidad difusa porque el sistema no responde, porque todo tarda más, porque el mundo no se ajusta al calendario de vacaciones… y, en cierto modo, tampoco lo hace nuestra propia vida.
Sobre todo esto se posa otra capa: la ansiedad climática.
Conozco a personas que defienden que el cambio climático es un proceso natural y restan importancia a la emergencia.
Sin embargo, cuando los incendios dejan de ser noticias lejanas y se convierten en alertas reales, cuando el mismo sol que broncea a unos está quemando los montes de otros, desconectar del todo se vuelve casi una quimera.
Esa imposibilidad genera un ruido de fondo interno que no se apaga ni con el mar ni con el aire acondicionado.
Y entonces me formulo de nuevo la pregunta:
¿dónde anclamos cuando el verano presenta un contraste tan violento?
Unos disfrutan de un merecido descanso mientras otros se lanzan al mar buscando una vida distinta, o huyen de las llamas con la esperanza de que respeten su casa, su rincón, su seguridad.
Quizá el verdadero anclaje no consista en lograr una desconexión perfecta.
Mucha gente no la consigue.
Quiero pensar que el descanso, en estos tiempos, pasa por reconocer la disonancia, ponerle un nombre y seguir buscando un punto de equilibrio entre el cuidado de uno mismo y la conciencia de lo que se mueve a nuestro alrededor.
Porque aunque estemos de vacaciones, agosto se mueve.
El mundo se mueve.
Y nosotros, cada uno desde su propia orilla, seguimos buscando dónde poner el ancla sin fingir que el oleaje no existe.

